Soy un calcetín

Se venden por pares para dar calor a los pies. La esperanza media de vida de unos calcetines es de unos tres años, pero éstos de los que hablo ya tenían seis. Estaban ajados, rotos y su tela podrida aún calentaba los pies de un hombre grueso, sedentario y desaseado.

Se encontraba reunido en casa de unos amigos cuando uno de ellos comenzó a percibir un olor nauseabundo. Desde su asiento extendió el cuello y olisqueó, cual sabueso. Concentrado en descubrir la proveniencia del fétido aroma, se incorporó. Su gesto cambió por completo al percibir la estela de hedor que lo guiaba al origen localizado en unos pies cruzados sobre la mesa.

Entre risas e insultos el orondo personaje fue expulsado de la casa. Se sentó en la cama de su dormitorio y se quitó los calcetines. Enfurecido, los lanzó contra el suelo, pero éstos, extraordinariamente, salieron corriendo. Se quedó perplejo. ¡Se movían, tenían vida propia!

Atrapó los calcetines, con la dificultad de quien intenta cazar una lagartija. Los tiró a la basura y lanzó la bolsa al contenedor de la esquina. Con el golpe, se rompió y uno de ellos logró salir.

El calcetín superviviente estaba consternado por la repulsión que le profesaba su dueño y decidió emprender un viaje en busca de un nuevo amo. Tufo era su nombre, caminaba por las aceras desesperado. La gente percibía su olor y huía despavorida. Otros, sorprendidos de pleno por su aroma, ante la imposibilidad de escapar, tras varias arcadas… vomitaban. Los conductores se ocultaban tras las ventanillas de sus vehículos, las subían con apremio dejando entrever muecas de incredulidad frente a una peste de tal calibre. Decenas de motoristas perecieron en accidentes al cruzarse con Tufo.

Entre sollozos, observó que se encontraba al lado de una lavandería. Se armó de valor para irrumpir en ella frente a un numeroso grupo de señoras que vomitaron al verle. Ipso facto, se encontró solo. Echó tres pastillas de un detergente especial, un buen chorro de suavizante y tras programar la lavadora se zambulló en el tambor.

Transcurrida una hora, salió. Pareció haber funcionado, cinco señoras lograron compartir el espacio con él sin sobresaltarse. Incluso una mujer lo tocó, lo alzó al aire y preguntó  —¿alguien ha perdido un calcetín?—. Quedó tendido sobre una lavadora. Harto de fingirse estático, Tufo, se puso en pie y gritó: —¿es que nadie se va a apiadar de mí? —pegó un salto de la lavadora al suelo. Tal mínimo esfuerzo le hizo recuperar en el acto su hediondo perfume.

Cinco cabezas giraron con ímpetu al unísono. Cinco muecas de horror dibujaron sus caras. Cinco vómitos como cascadas cubrieron el suelo.

Tufo volvió a encontrarse solo y salió huyendo. Continuó su camino hacia ninguna parte hasta tropezar con un pie. Era de un vagabundo de olor espantoso que dormía tumbado en medio de la acera. Usaba un solo calcetín. Tufo reconoció tal tesitura como su última tentativa de conseguir una vida útil.

Agobiado por la más que improbable idea de que otro calcetín pudiera adelantarse a su plan, se arrugó sobre sí mismo y de un salto se acomodó embutiendo aquel hinchado pie.

El vagabundo borracho llenó sus pulmones de aire contaminado por Tufo y su borrachera desapareció al instante conduciéndole a un insólito estado de sobriedad. No reconoció el calcetín aunque quizá, pensó, estuviera teniendo una de tantas lagunas mentales que a menudo sufría.

Una fría noche, el portador de tan jugosa media fue visitado por dos amigos que se sentaron junto a él rodeando un fuego. Uno de ellos, el más viejo, iba borracho hasta que inhaló el aroma del callejón. Quedó sobrio de inmediato.

––¿Qué te pasa, que te has “quedao callao”? —le preguntó el anfitrión.

––Algo me ocurre, no me encuentro bien —respondió, frotándose el vientre.

Los dos harapientos visitantes sintieron sus estómagos sonar y revolverse, a continuación llegaron las arcadas y sus vómitos sincronizados apagaron el fuego.

—¡Pero qué hacéis!, ¿venís aquí a joderme? —preguntó encolerizado a sus invitados.

–—No somos nosotros, es este lugar, huele asquerosamente mal, o quizá eres tú que te estás pudriendo —dijo con voz bronca el más anciano de los dos.

El nuevo dueño de Tufo olisqueó preocupado el olor nauseabundo. Se miró el dedo gordo del pie derecho que le salía por el roto del calcetín. Sintió picor. Se rascó el pie rasgando la mugrienta tela del calcetín. Tufo, no tenía edad para soportar esos tirones:

—¡Ah!, —exclamó.

—¿Habéis oído eso? —preguntó el vagabundo sorprendido a sus dos amigos.

—Tienes algo ahí dentro —dijo el escuálido y joven visitante, señalando al calcetín.

El mendigo se lo quitó, lo elevó para inspeccionarlo y vomitó sobre sí mismo. Profirió una larga retahíla de improperios e inusitadamente comenzó a caminar encorvado y cojeando, para lanzar al contenedor de basura a nuestro apestoso protagonista.

Tufo quedó enredado en un par de clavos de un tablón de madera. No podía escapar a pesar de encontrarse la tapa del cubo entreabierta. Escuchó el motor del camión de la basura, se tambaleó en el interior mientras arrastraban el cubo y comenzó a ascender impulsado por los brazos de acero del camión. Logró soltarse, podía ver el suelo a través de la tapa entreabierta. Tenía la oportunidad de saltar y salvar la vida. En ese preciso instante, dudó. Tal demora fue suficiente, cayó al interior del camión terminando así con su indefectible miseria.

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20 responses to this post.

  1. Jejeje, ¡¡felicidades!!
    Consigues que lo insólito provoque hilaridad, y personificas tan bien el pobre calcetín, ¡con su nombre y todo!, un nombre de aquellos que te hacen pensar que sus padres ya no lo querían cuando nació, que se acaba sintiendo empatía hacia un calcetín apestoso, jejeje
    Hasta me ha dado pena su triste final, jeje, ¡tan triste como su pobre vida!!! jaja
    Gracias por este ratito tan bueno, ¡que tengas un precioso fin de semana!
    Besitos.

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    • Posted by Charles on abril 11, 2011 at 8:06 am

      La verdad es que me he reído mucho a medida que lo iba escribiendo. Lo escatológico me produce risa, no puedo evitarlo. 🙂
      Gracias Emy.
      Besos

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  2. Él no tenía la culpa de oler tan mal. Se lavó, pero no pudo cambiar así toda una vida de guarrería de su antiguo dueño. Es gracioso, sorprendente, y entrañable. Desde el cielo de los calcetines seguro que te está agradeciendo que nos hayas contado su historia.

    Saludos.

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    • Posted by Charles on abril 11, 2011 at 8:11 am

      Sí, el pobre calceto fue víctima del gorrino de su dueño. Por mucho que se lavara estaba abocado a ser un mártir. 🙂

      Gracias!

      Saludos

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  3. Posted by Mercedes Molinero on abril 9, 2011 at 11:07 am

    Es dramática y graciosa, al mismo tiempo, la historia del pobre calcetín. No se merecía esa suerte. Si hubiera caído en el pie de Andy Warhol, seguro que su destino habría sido diferente.
    Un abrazo

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  4. El destino de Tufo, no podía ser otro.

    🙂

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    • Posted by Charles on abril 11, 2011 at 8:24 am

      No había por donde cogerle al pobre. Su vida era nociva para cualquier ser vivo incluyendo las mofetas.

      Saludos.

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  5. Original historia. Por si acaso, me lavo y cambio diariamente.

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  6. Posted by Pericles on abril 11, 2011 at 7:54 am

    Apestosa historia la tuya, me he metido tanto en la trama que acabo de vomitar encima del portátil y ha dejado de funcionar. Me debes, al menos la reparación, hablaremos.
    Divertida parábola. Besos.
    Salu4

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    • Posted by Charles on abril 11, 2011 at 8:32 am

      Ésta es la versión reducida, aunque ha mejorado, ha habido detalles buenos, que he tenido que eliminar, con los que no solo habrías vomitado 🙂 El portátil ni lo repares, ha muerto seguro.
      Gracias.
      Besos

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  7. Posted by Ana on abril 11, 2011 at 1:12 pm

    Hay veces que por mas que queramos, no conseguimos quitarnos eso que tanto odiamos de nosotros mismos. Podemos enmascararlo, podemos perfumarlo, pero continuará ahí, por siempre. Son cosas de nuestra personalidad que jamás se despegarán de nosotros por mas que lo deseemos.
    Chao
    Ana

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    • Se puede cambiar con paciencia y voluntad, parece realmente difícil pero con dedicación y el tiempo adecuado se consigue.
      Yo antes era un calcetín y ahora escribo relatos… 🙂

      Ciao!

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  8. Posted by weienell on abril 11, 2011 at 7:12 pm

    Menudo relato, me impresiona cómo de una prenda de vestir que en la vida cotidiana resulta tan poco admirada puedas escribir este relato que, aunque por una parte me partía de la risa, por la otra lo estaba pasando mal por Tufo, me recordaba al patito feo, sólo que este pobre no se convirtió en nada hermoso. A partir de ahora al doblar, ponerme o lavar los calcetines los miraré de diferente manera, ya no serán lo mismo para mí. Un besazo

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    • Qué tal maja? Me alegro de que te haya gustado el relato.
      Eso… trata bien a los calcetines, emparéjalos con delicadeza, dales de comer pelusas y sudor de bebida. jeje
      Un beso!

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  9. Posted by Jules on abril 13, 2011 at 10:57 am

    Sí señor. Una historia conmovedora. Realmente vomitiva. Y muy graciosa.
    Y a todo esto, abro el debate: cuál es la vida media de un calceto? Tres, seis años…, o más????!

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  10. Me ha gustado mucho la historia de Tufo.
    Tufo como tal me ha caído bien y su nombre me ha encantao!

    Besitos

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