Archive for the ‘Relatos’ Category

El primero en darse cuenta fue Stevens (1977)

…ahora me doy cuenta de que me encuentro cómodo escribiendo frente a la pantalla del ordenador. Éste es un estímulo procedente del mundo exterior. Me doy cuenta de que me asaltan múltiples ideas a la mente. Esto es un pensamiento, es un estímulo del mundo interior. Me observan, deben pensar que estoy estático, como hipnotizado. Se trata de una percepción subjetiva. No tengo la certeza de que sea real, por lo tanto, este pensamiento es producto de la fantasía. Tengo la imperiosa necesidad de escribir sin cesar aquellas palabras que me brinden la frase adecuada. Es un estímulo del mundo interior. Ahora me doy cuenta de que comienza a molestarme la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y necesito cambiar de postura. Éste es un estímulo interior deducido de un estímulo exterior. El teléfono suena una y otra vez. Es un estímulo exterior. El responsable de la llamada debe haberse hartado al no obtener respuesta. Tal estímulo es producto de la fantasía. Me doy cuenta de que me encuentro sumido en un análisis constante de mis sensaciones. Este estímulo procede del mundo interior. Me sobresalta el zumbido de un insecto en el mundo exterior. Decido no acudir a una reunión importante, estímulo del mundo interior, el tiempo es tan desapacible que seguramente los demás tampoco asistan. Éste es un estímulo producto de la fantasía…

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¿Sabes?

A veces pienso lo maravilloso que sería fugarnos los dos de este país, a un lugar donde nadie nos conozca, donde podamos comenzar una vida nueva. Libres de ataduras, desvinculados de cualquier síntoma que pueda desvelar nuestra procedencia. Cortando las raíces que nos permitan volar dejando atrás lo bueno y lo malo. Emancipados de sentimientos ancestrales por los que sentir añoranza, desnudos, como cuando nacimos. Huiríamos sin mirar atrás, hacia un futuro efímero en el que, tras una década, elegiríamos consumar nuestras vidas dejando un joven recuerdo. ¿Más… para qué? Cuánto más aprovecharíamos el tiempo conociendo de antemano el año en que la guadaña se afile por nuestra causa. Vagaríamos descubriendo el mundo, concediéndonos caprichos inconfesables hasta alcanzar el súmmum del placer. Cuando ya nada fuera perfectible, saltaríamos al vacío. Serían unas largas vacaciones cuyo final podría representar el último fotograma que subsistiese en nuestras retinas sin permitir un atisbo de nostalgia tras de sí. Exultantes, se nos vería alejarnos, nuestro periplo concluiría a bordo de la barca guiada por los remos de Caronte. Al fin y al cabo, qué es la muerte sino otra etapa de la vida. ¿Acaso no encontraremos en ella la paz que en tantas ocasiones hemos ansiado?

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El revólver más rápido

La muerte aparece sobre el horizonte del desierto como un espejismo. Avanza, lenta e inexorable, portando el revólver que arrebatará cinco vidas. Sus víctimas lo divisan impasibles y desafiantes como estatuas firmes en el suelo. La cálida brisa corta, sibilante, el frío silencio. Hierática e impávida, la muerte refleja en su retina la imagen de cinco hombres condenados. Espera, implacable, el exiguo guiño de su ataque.

En una fracción de segundo, se desploman contra el suelo. Uno de ellos sobrevive postrado sobre sus rodillas. Observa estremecido la desolación que lo rodea.

Un nuevo duelo tendrá lugar. Enmudecido y sudoroso revivirá lo sucedido, conociendo ahora su final inevitable. Efímera será su esperanza de no compartir por lecho el cadavérico suelo. Ejecutado, como los demás.

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Que todo el mundo lo sepa

Que todo el mundo lo sepa 12-04-2011 enviado 08:29

Debo compartir con todo el planeta la verdad de nuestra existencia. Aquello que lo explica todo y que da respuesta a cientos de misterios sin resolver en la historia del hombre. No estamos solos, nunca lo estuvimos. Estamos colonizados por civilizaciones de inteligencia superior a la nuestra. Se encuentran mezclados entre nosotros, no se les puede distinguir, han evolucionado creando un tipo de híbrido medio humano.

He de irme, intuyo próxima su presencia, podrían detectar mis ondas cerebrales alteradas por la escritura de este e-mail.

Que todo el mundo lo sepa 13-04-2011 enviado 08:25

Escribo desde un miniordenador portátil. Estuve integrado en una de sus sociedades invisibles situada en los pirineos orientales. Ahora tengo apariencia de soldado, me envían junto a cuatro soldados más a un cuartel en Aragón.

Que todo el mundo lo sepa 15-04-2011 enviado 23:45

El teniente coronel Maldonado del cuartel general de Igriés, ha muerto de un disparo en la sien. Yo custodiaba la puerta de su despacho cuando sonó el disparo. Tengo el deber de entregar el informe de lo ocurrido en el que consta el suicidio como causa de la muerte. Es totalmente falso.

Que todo el mundo lo sepa 17-04-2011 enviado 20:49

He logrado escapar de toda esta locura. He sido sometido a una presión inaguantable. Sospechaban de mí. Ellos no titubean, mantienen controladas sus emociones, tienen claras sus decisiones. Muchos de ellos, los híbridos, parecen humanos y se integran en sociedad bajo nuestros techos. Los más longevos tienen las piernas largas y muy delgadas, pero no las usan para andar, vuelan a un palmo del suelo arrastrando la punta de los pies, que mantienen juntos y aparentemente muertos, desplazándose como si estuvieran sobre una cinta transportadora. Su cuerpo y brazos parecen un lastre impelido por su enorme cabeza que avanza. Tienen una piel de aspecto verdoso y mortecino. La expresión de sus caras es hierática y fría. Pueden hacerse invisibles a nuestros ojos. Son repugnantes.

Que todo el mundo lo sepa 17-04-2011 enviado 21:32

Me encuentro en pleno bosque. Ha anochecido por completo. Huía de ellos conduciendo, me empujaron y caí por un pequeño barranco. Tras el accidente, cogí el ordenador y me introduje entre los árboles. Puede que me haya fracturado un par de costillas.

Que todo el mundo lo sepa 17-04-2011 enviado 22:25

He intentado salir de esta especie de trampa en la que me encuentro pero es imposible, me están esperando arriba. Ahora sé que voy a morir. A todos quienes habéis leído estos mensajes, hacedlos llegar a autoridades de confianza. Conduje durante unos veinte minutos hacia Sabiñánigo por la N-330. No sé en qué kilómetro me encuentro. Me estoy helando de frío, se me agarrotan los dedos.

Que todo el mundo lo sepa 17-04-2011 enviado 22:34

Me encuentro metido en todo este embrollo por culpa de unos ejercicios de meditación. Sin saberlo, me comuniqué con ellos.

No sé cuándo nos visitaron pero conviven entre nosotros desde hace varios siglos. Ellos dirigen el devenir de nuestras vidas. No contamos, obedecemos inconscientemente, estamos manipulados por su influjo energético capaz de alterar nuestras mentes y mermar el potencial del cerebro humano. Nuestro cerebro es como un teléfono móvil nos comunica entre nosotros. Tenemos un poder tan grande como el de nuestros represores, está en nuestra naturaleza poder disfrutar de percepciones extrasensoriales. Estoy hablando de la cuarta dimensión.

Ciertamente, no existe problema psicológico en la mente humana ya que es capaz de curarse a sí misma. La falta de concentración, los miedos sin fundamento, la psicopatía, esquizofrenia, locura no son sino el resultado de un complot a escala mundial. Distorsionan nuestro pensamiento para fomentar el caos y la incomunicación de la humanidad para su control absoluto. Se nos ha hecho creer que somos individuos marginados que padecemos algún tipo de patología. Semejante confusión mental no es más que nuestra habilidad innata que trata de aflorar y manifestarse. Cualquier trastorno desde una simple fobia es el fruto de una percepción extrasensorial distorsionada. Si todos intentásemos analizarlas concienzudamente podríamos predecir la existencia de los seres abominables que nos esclavizan.

Tengo que dejarlo aquí, no puedo seguir escribiendo.

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Soy un calcetín

Se venden por pares para dar calor a los pies. La esperanza media de vida de unos calcetines es de unos tres años, pero éstos de los que hablo ya tenían seis. Estaban ajados, rotos y su tela podrida aún calentaba los pies de un hombre grueso, sedentario y desaseado.

Se encontraba reunido en casa de unos amigos cuando uno de ellos comenzó a percibir un olor nauseabundo. Desde su asiento extendió el cuello y olisqueó, cual sabueso. Concentrado en descubrir la proveniencia del fétido aroma, se incorporó. Su gesto cambió por completo al percibir la estela de hedor que lo guiaba al origen localizado en unos pies cruzados sobre la mesa.

Entre risas e insultos el orondo personaje fue expulsado de la casa. Se sentó en la cama de su dormitorio y se quitó los calcetines. Enfurecido, los lanzó contra el suelo, pero éstos, extraordinariamente, salieron corriendo. Se quedó perplejo. ¡Se movían, tenían vida propia!

Atrapó los calcetines, con la dificultad de quien intenta cazar una lagartija. Los tiró a la basura y lanzó la bolsa al contenedor de la esquina. Con el golpe, se rompió y uno de ellos logró salir.

El calcetín superviviente estaba consternado por la repulsión que le profesaba su dueño y decidió emprender un viaje en busca de un nuevo amo. Tufo era su nombre, caminaba por las aceras desesperado. La gente percibía su olor y huía despavorida. Otros, sorprendidos de pleno por su aroma, ante la imposibilidad de escapar, tras varias arcadas… vomitaban. Los conductores se ocultaban tras las ventanillas de sus vehículos, las subían con apremio dejando entrever muecas de incredulidad frente a una peste de tal calibre. Decenas de motoristas perecieron en accidentes al cruzarse con Tufo.

Entre sollozos, observó que se encontraba al lado de una lavandería. Se armó de valor para irrumpir en ella frente a un numeroso grupo de señoras que vomitaron al verle. Ipso facto, se encontró solo. Echó tres pastillas de un detergente especial, un buen chorro de suavizante y tras programar la lavadora se zambulló en el tambor.

Transcurrida una hora, salió. Pareció haber funcionado, cinco señoras lograron compartir el espacio con él sin sobresaltarse. Incluso una mujer lo tocó, lo alzó al aire y preguntó  —¿alguien ha perdido un calcetín?—. Quedó tendido sobre una lavadora. Harto de fingirse estático, Tufo, se puso en pie y gritó: —¿es que nadie se va a apiadar de mí? —pegó un salto de la lavadora al suelo. Tal mínimo esfuerzo le hizo recuperar en el acto su hediondo perfume.

Cinco cabezas giraron con ímpetu al unísono. Cinco muecas de horror dibujaron sus caras. Cinco vómitos como cascadas cubrieron el suelo.

Tufo volvió a encontrarse solo y salió huyendo. Continuó su camino hacia ninguna parte hasta tropezar con un pie. Era de un vagabundo de olor espantoso que dormía tumbado en medio de la acera. Usaba un solo calcetín. Tufo reconoció tal tesitura como su última tentativa de conseguir una vida útil.

Agobiado por la más que improbable idea de que otro calcetín pudiera adelantarse a su plan, se arrugó sobre sí mismo y de un salto se acomodó embutiendo aquel hinchado pie.

El vagabundo borracho llenó sus pulmones de aire contaminado por Tufo y su borrachera desapareció al instante conduciéndole a un insólito estado de sobriedad. No reconoció el calcetín aunque quizá, pensó, estuviera teniendo una de tantas lagunas mentales que a menudo sufría.

Una fría noche, el portador de tan jugosa media fue visitado por dos amigos que se sentaron junto a él rodeando un fuego. Uno de ellos, el más viejo, iba borracho hasta que inhaló el aroma del callejón. Quedó sobrio de inmediato.

––¿Qué te pasa, que te has “quedao callao”? —le preguntó el anfitrión.

––Algo me ocurre, no me encuentro bien —respondió, frotándose el vientre.

Los dos harapientos visitantes sintieron sus estómagos sonar y revolverse, a continuación llegaron las arcadas y sus vómitos sincronizados apagaron el fuego.

—¡Pero qué hacéis!, ¿venís aquí a joderme? —preguntó encolerizado a sus invitados.

–—No somos nosotros, es este lugar, huele asquerosamente mal, o quizá eres tú que te estás pudriendo —dijo con voz bronca el más anciano de los dos.

El nuevo dueño de Tufo olisqueó preocupado el olor nauseabundo. Se miró el dedo gordo del pie derecho que le salía por el roto del calcetín. Sintió picor. Se rascó el pie rasgando la mugrienta tela del calcetín. Tufo, no tenía edad para soportar esos tirones:

—¡Ah!, —exclamó.

—¿Habéis oído eso? —preguntó el vagabundo sorprendido a sus dos amigos.

—Tienes algo ahí dentro —dijo el escuálido y joven visitante, señalando al calcetín.

El mendigo se lo quitó, lo elevó para inspeccionarlo y vomitó sobre sí mismo. Profirió una larga retahíla de improperios e inusitadamente comenzó a caminar encorvado y cojeando, para lanzar al contenedor de basura a nuestro apestoso protagonista.

Tufo quedó enredado en un par de clavos de un tablón de madera. No podía escapar a pesar de encontrarse la tapa del cubo entreabierta. Escuchó el motor del camión de la basura, se tambaleó en el interior mientras arrastraban el cubo y comenzó a ascender impulsado por los brazos de acero del camión. Logró soltarse, podía ver el suelo a través de la tapa entreabierta. Tenía la oportunidad de saltar y salvar la vida. En ese preciso instante, dudó. Tal demora fue suficiente, cayó al interior del camión terminando así con su indefectible miseria.

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Médico de familia

El doctor Torrijos había comido un buen cocido madrileño aquel día. Viajaba plácidamente sentado en el autobús de vuelta al centro de salud. La tarde iba a ser larga, repleta de pacientes que, probablemente, demorarían su horario de salida. Le sobresaltó un sonido como de cañería atascada. Creyó que procedía de las tripas de la persona que viajaba sentada a su lado, sonaban como si estuvieran degollando un gorrino. Sorprendido, lo miró e inmediatamente el señor se dirigió a él:

—No se preocupe son cosas que ocurren a menudo.

El doctor advirtió en su voz cierto tono de tolerancia. Pero no tenía ni idea de lo que aquel hombre estaba hablando. Perplejo, le respondió:

—¿Cómo que no me preocupe, a qué se refiere?

—Me refiero a sus tripas, pueden escucharse en todo el autobús —afirmó el señor, risueño.

Por un momento le hizo dudar. Convencido de que el señor se hallaba en un error, le dijo con benevolencia:

—Perdone pero no son mis tripas, son las suyas.

—No señor, se lo aseguro —le replicó, sereno— no suelo tener ese tipo de problemas.

—Pues no lo entiendo, iba a ofrecerle un Aero-red.

—Tómeselo usted, yo estoy muy bien.

No supo qué decir. El autobús paró, se abrieron las puertas y comenzó a subir más gente. De nuevo, un tronar de tripas irrumpió en el autobús como un volcán en erupción. Detrás de él se escucharon unas risas y la anciana sentada a su izquierda no le quitaba la vista de encima. El doctor, de vocación, decidió insistir:

—Oiga, soy médico y le recomiendo que se haga un chequeo —intentaba ser comprensivo—. Esos ruidos no son normales.

—Le repito que no soy yo. ¿Cómo tengo que decírselo? A mí no me suenan las tripas. —Le explicó airado alzando la voz.

El autobús volvió a arrancar. La anciana de la izquierda reclamó la atención del doctor con un gesto, invitándolo a inclinarse hacia ella para hacerle una recomendación.

—Escuche señor, coja dos hojas de laurel, póngalas a hervir durante diez minutos y tómese cuatro tazas al día. —Susurró la señora con suma discreción.

—Gracias señora pero sé perfectamente lo que hay que hacer en tales casos, además, yo no tengo gases.

—Bueno, no se ponga así caballero, sólo pretendía ayudar. —protestó la señora.

—No me pongo de ninguna manera, simplemente le digo que no necesito tomar laurel. —Contestó con cierta irritación.

Volvió a escucharse un terrible estruendo, como si acabaran de demoler un edificio. Inesperadamente el médico pareció entender lo vergonzoso que podría resultar para aquel hombre reconocer un problema semejante. Trató de ser sensato, así que extrajo de un bote, un par de comprimidos y los depositó sobre la pierna de su vecino viajero. Éste, sorprendido, los tiró de un manotazo.

—¿Es que no me va a dejar en paz? —Le exigió— ¡Es usted un pesado, por el amor de dios!

—Lo hago por su bien, pero como usted quiera. —Respondió decepcionado.

—Creo que se está poniendo muy pesado ya con todo esto —protestó una señora de delante— no es necesario montar este espectáculo. Suficiente es ya escuchar sus tripas.

—Sí, debería de tranquilizarse ya y estarse calladito. —Dijo el señor de atrás.

—Es usted muy cansino. —Comentaron unos chavales del fondo que andaban mofándose por lo sucedido.

Todos los pasajeros protestaron por el comportamiento del doctor esperando recuperar la tranquilidad perdida de forma concluyente. El doctor Torrijos se levantó encolerizado y, dirigiéndose a ellos, sacó un manojo de medicinas de la bata.

—¿Es que no lo entienden? ¡A mí no me suenan las tripas! —Gritó desesperado.

En un arrebato de furia le lanzó un bote de pastillas a una señora:

—¡Tome, cuídese la garganta!

Al pasajero de los gases le dió en la cabeza con el bote de Aero-red.

—¡Tómeselo entero a ver si se atraganta! —gritó.

Lanzó dos cajas más, de medicamentos a los pasajeros que lo miraban con estupor y alguna que otra risa. Se abrieron las puertas del autobús, dio la media vuelta para bajarse y en ese preciso momento, un golpe en forma de sonoro collejón apresuró su salida. No se molestó en mirar atrás. Caminó como propulsado y con paso ligero, directo hacia la consulta, con cinco dedos marcados en la nuca.

Llegó a la consulta, abarrotada de pacientes. Salió de su despacho y se dispuso a leer la lista de los cinco primeros:

—Luis Flato Valencia, Josefa Jiménez Gil, Raimundo Gómez Gómez… —El primero de los nombrados entró mientras el doctor se acomodaba en su sillón y se ponía las gafas.

—Siéntese —le dijo, sin apartar la vista de la pantalla ordenador. —Se llama usted Luis Flato Valencia, ¿verdad?

Una espectacular explosión interrumpió la quietud de su despacho. El facultativo, desconcertado, alzó la mirada hacia el paciente para constatar que se trataba, otra vez, de aquel personaje del autobús.

—Lo siento doctor por el sonido de mis tripas, vengo a hacerme un chequeo. —Dijo apesadumbrado.

—Cierto, tiene usted un espantoso problema de flatulencia y esos apellidos que tiene no le ayudan —dijo con sarcasmo—. Francamente, es la segunda vez en este día que me topo con una persona como usted, hace un rato en el autobús… el sonido que producía era nauseabundo —lo miraba fijamente a los ojos esperando que su paciente lo reconociera.

—¿Qué puedo hacer doctor? —preguntó, desentendiéndose por completo de los comentarios mal intencionados de su médico de cabecera.

—Pues verá usted, yo creo que un problema como el que tiene no se lo quita ni San Judas —expresó con inquina esperando la reacción de su interlocutor— la única opción que creo posible contemplar es la del suicidio, ¿cómo lo ve querido amigo?

—No sé qué me intenta decir, está usted muy raro. Lo único que quiero es que me recete algún medicamento que me alivie. Estos sonidos son inaguantables.

—Así a priori, se me ocurre sacudirle un bofetón, ¿cree usted que podría venirle bien?

Otro estruendo volvió a hacer temblar los cimientos del edificio.

—¡Ay! doctor, qué mal me encuentro. —Se quejaba mientras con un codo en la mesa apoyaba la cabeza sobre la mano —no entiendo nada de lo que me está diciendo.

El esfuerzo era inútil. No estaba dispuesto a reconocer nada de lo ocurrido recientemente.

—Está bien —dijo el médico resignado a los hechos— le voy a hacer unas recetas pero de momento tómese un par de pastillas de esas que le di antes, ya sabe… —Le sugirió mientras escribía las recetas.

—No sé de qué me está hablando doctor —respondió con indolencia—. Iré directo a la farmacia a comprar lo que me dice. Por cierto, recuerdos de mi hermano —le dijo al doctor Torrijos mientras salía de su consulta.

—Me temo que no conozco a su hermano. Llevo trabajando aquí un mes escaso. —Le contestó, pero ya se había marchado.

Un trueno espectacular volvió a alterar el orden de las cosas en la estancia. El doctor miró a su alrededor y a su estómago después.

Abrió un bote de Aero-red y se tomó un par de comprimidos.

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Administración 147

Un décimo fui a comprar donde todos creían el azar regresaría

El año anterior fue a tocar el gordo de navidad,

dos bellas chicas con su buen hacer repartieron felicidad

Varios números vi, pero uno solitario en cuestión había llamado mi atención

Dos hombres había a ambos lados de la ventanilla, uno policía, el otro con perilla

—Si ninguno se va a decidir, déjenme a mí pedir —y doblé una rodilla

—Por un décimo yo venía —le dije a la chica que además de ser tetuda

de buena tinta sabía también era suertuda

—¿Cual de ellos le gustaría? —preguntó ella con dulzura

—Elija usted, pues de su parte está la suerte, es menos probable que yo acierte. Mi elección no es oportuna me entrego en firme a su fortuna

—Me gusta el tres mil siete —dijo ella. A mi lado interrumpió un mozalbete

—Perdone caballero pero ese es el número que yo quiero

Por él había preguntado, con duda pensaba, pero ya lo he solucionado

—Pues me va usted a perdonar —le dije— este décimo yo me lo he de llevar

Al entrar, en él me he fijado y la bella chica mi acierto ha confirmado

—Me pone en un brete —dijo el mozalbete— ¿qué he de hacer para me respete?

—Déme el tres mil siete —dijo detrás de mí, el policía

—¿Cómo? —Los dos gritamos al tiempo, el chico y yo, sin creer lo que ahí se oía

—¿Pero qué está pidiendo hombre de dios, no está usted escuchando?

—No he venido aquí a escuchar sino a la quiniela rellenar, mas lotería he de llevar. ¿Pero, qué está usted preguntando?

—No disimule, lo sabe usted muy bien —le dije— no se adelante y recule, voy a comprar mi lotería, no me impresiona un policía.

La lotera quedó perpleja y a todos miró levantando una ceja.

Reposó sobre el mostrador uno y otro seno, que votaron sin control, como si fuera pecho ajeno.

—Pues a mí no me hagan decidir, sólo queda uno y no se puede dividir

Quien lo consiga puede presumir, los demás del billete deben prescindir

—Yo, por el billete, en preguntar fui el primero —dijo sacando el monedero, quien por cierto, era panadero. Aparte de perilla llevaba un delantal, sacó la calderilla y se acercó hacia el cristal.

—Tranquilo, no se excite —me crucé a su paso— antes de que se precipite, razonemos este caso.

—Que me deje usted pasar le digo, que ya voy con retraso, a la tienda he de marchar, ¿acaso quiere que le de un guantazo?

—Cuando puedas me cobras el billete —dijo el policía sacando unas monedas— todo esto parece ya un sainete.

—Pero, ¿usted que se ha creído? —dijo el panadero— en cuanto puede nos la mete, este madero nos deja sin billete.

—Mucho cuidado majadero mida sus palabras con esmero —dijo el policía—Que le coloco unos grilletes y a sacar brillo a los retretes.

—¡Ya está bien señores! —interrumpió la lotera— Olviden los rencores. Me encargaré de alguna manera, venderé el billete a quien yo quiera.

Con el décimo en sus manos, embobados observamos sus encantos desplegados, en aquel momento creo que los tres la deseamos.

—Quien lo vió primero fue el panadero —prosiguió— se quedó meditabundo pero no sacó el dinero. Usted —refiriéndose a mí— lo pidió el segundo, cuando del cristal, el décimo fui a coger, se enfureció todo el mundo, se comenzaron a reprender todos a la vez, no me confundo. Lo siento en lo más profundo pero al señor policía no se lo puedo conceder, porque al tiempo que lo pedía, a su venta me disponía. Al panadero furibundo le doy un no rotundo, aparte de no creerlo merecer, no me gusta su proceder que considero tremebundo. Aunque fuera por descarte sólo queda usted caballero —me apuntó con el dedo— todo queda de su parte y lo prefiero, a usted se lo iba a vender y usted lo va a tener, eso lo que quiero. Mucha suerte le deseo y si lo quisiera compartir está en su mano decidir, cederle un cuarto al panadero y otro más aquí al madero. ¡Cielos! me va usted a perdonar señor agente, me he dejado llevar, sólo ha sido un accidente.

—No se preocupe señorita, voy a ser benevolente, tiene usted muy buen hacer y no la creo una insolente.

—Lo que usted me diga es lo que haré —a la lotera respondí— si a la suerte va a atraer. El décimo compartiré, la mitad me quedaré.

—Se lo agradezco caballero pero quédeselo usted entero —dijo el panadero— prefiero uno sólo para mí, si le he de ser sincero.

—Yo pienso igual que aquel que lleva el delantal —explicó el policía— creo que es lo más legal según la lotera decía.

—Celebro este final más llevadero, eso es siempre lo que espero —tras la ventanilla dijo ella, sonreía mientras la calderilla recogía— Señores, que tengan buenos días y buena suerte, me reitero.

—Muchas gracias señorita, para mí un placer ha sido hacer esta visita, verla siempre tan bonita, de una manera exquisita un gran alboroto usted evita. Me voy con satisfacción infinita de esta administración que es mi favorita.

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