Administración 147

Un décimo fui a comprar donde todos creían el azar regresaría

El año anterior fue a tocar el gordo de navidad,

dos bellas chicas con su buen hacer repartieron felicidad

Varios números vi, pero uno solitario en cuestión había llamado mi atención

Dos hombres había a ambos lados de la ventanilla, uno policía, el otro con perilla

—Si ninguno se va a decidir, déjenme a mí pedir —y doblé una rodilla

—Por un décimo yo venía —le dije a la chica que además de ser tetuda

de buena tinta sabía también era suertuda

—¿Cual de ellos le gustaría? —preguntó ella con dulzura

—Elija usted, pues de su parte está la suerte, es menos probable que yo acierte. Mi elección no es oportuna me entrego en firme a su fortuna

—Me gusta el tres mil siete —dijo ella. A mi lado interrumpió un mozalbete

—Perdone caballero pero ese es el número que yo quiero

Por él había preguntado, con duda pensaba, pero ya lo he solucionado

—Pues me va usted a perdonar —le dije— este décimo yo me lo he de llevar

Al entrar, en él me he fijado y la bella chica mi acierto ha confirmado

—Me pone en un brete —dijo el mozalbete— ¿qué he de hacer para me respete?

—Déme el tres mil siete —dijo detrás de mí, el policía

—¿Cómo? —Los dos gritamos al tiempo, el chico y yo, sin creer lo que ahí se oía

—¿Pero qué está pidiendo hombre de dios, no está usted escuchando?

—No he venido aquí a escuchar sino a la quiniela rellenar, mas lotería he de llevar. ¿Pero, qué está usted preguntando?

—No disimule, lo sabe usted muy bien —le dije— no se adelante y recule, voy a comprar mi lotería, no me impresiona un policía.

La lotera quedó perpleja y a todos miró levantando una ceja.

Reposó sobre el mostrador uno y otro seno, que votaron sin control, como si fuera pecho ajeno.

—Pues a mí no me hagan decidir, sólo queda uno y no se puede dividir

Quien lo consiga puede presumir, los demás del billete deben prescindir

—Yo, por el billete, en preguntar fui el primero —dijo sacando el monedero, quien por cierto, era panadero. Aparte de perilla llevaba un delantal, sacó la calderilla y se acercó hacia el cristal.

—Tranquilo, no se excite —me crucé a su paso— antes de que se precipite, razonemos este caso.

—Que me deje usted pasar le digo, que ya voy con retraso, a la tienda he de marchar, ¿acaso quiere que le de un guantazo?

—Cuando puedas me cobras el billete —dijo el policía sacando unas monedas— todo esto parece ya un sainete.

—Pero, ¿usted que se ha creído? —dijo el panadero— en cuanto puede nos la mete, este madero nos deja sin billete.

—Mucho cuidado majadero mida sus palabras con esmero —dijo el policía—Que le coloco unos grilletes y a sacar brillo a los retretes.

—¡Ya está bien señores! —interrumpió la lotera— Olviden los rencores. Me encargaré de alguna manera, venderé el billete a quien yo quiera.

Con el décimo en sus manos, embobados observamos sus encantos desplegados, en aquel momento creo que los tres la deseamos.

—Quien lo vió primero fue el panadero —prosiguió— se quedó meditabundo pero no sacó el dinero. Usted —refiriéndose a mí— lo pidió el segundo, cuando del cristal, el décimo fui a coger, se enfureció todo el mundo, se comenzaron a reprender todos a la vez, no me confundo. Lo siento en lo más profundo pero al señor policía no se lo puedo conceder, porque al tiempo que lo pedía, a su venta me disponía. Al panadero furibundo le doy un no rotundo, aparte de no creerlo merecer, no me gusta su proceder que considero tremebundo. Aunque fuera por descarte sólo queda usted caballero —me apuntó con el dedo— todo queda de su parte y lo prefiero, a usted se lo iba a vender y usted lo va a tener, eso lo que quiero. Mucha suerte le deseo y si lo quisiera compartir está en su mano decidir, cederle un cuarto al panadero y otro más aquí al madero. ¡Cielos! me va usted a perdonar señor agente, me he dejado llevar, sólo ha sido un accidente.

—No se preocupe señorita, voy a ser benevolente, tiene usted muy buen hacer y no la creo una insolente.

—Lo que usted me diga es lo que haré —a la lotera respondí— si a la suerte va a atraer. El décimo compartiré, la mitad me quedaré.

—Se lo agradezco caballero pero quédeselo usted entero —dijo el panadero— prefiero uno sólo para mí, si le he de ser sincero.

—Yo pienso igual que aquel que lleva el delantal —explicó el policía— creo que es lo más legal según la lotera decía.

—Celebro este final más llevadero, eso es siempre lo que espero —tras la ventanilla dijo ella, sonreía mientras la calderilla recogía— Señores, que tengan buenos días y buena suerte, me reitero.

—Muchas gracias señorita, para mí un placer ha sido hacer esta visita, verla siempre tan bonita, de una manera exquisita un gran alboroto usted evita. Me voy con satisfacción infinita de esta administración que es mi favorita.

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Mirada encubierta

Los dos llegaron de madrugada a un motel, con la premura que suscitan los momentos de pasión. Ella había disfrutado esa noche tanto, como anhelaba desde hacía muchos años. A la izquierda de la cama, la luz de un letrero luminoso entraba por la ventana y aclaraba tenuemente el interior de la estancia. Permanecieron tumbados hablando en calma durante la madrugada.

—Me gustaste desde el momento en que te vi aparecer en el salón con tu esmoquin negro, con ese aire tan distinguido, tan guapo y elegante —dijo ella fascinada.

Se tumbó de lado hacia él, apoyando la cabeza sobre la mano.

—Tú me impresionaste con tu mirada, tu bonito vestido, ¡Amanda, la deslumbrante mujer del señor Ferreira…! —pronunció como si estuviera anunciando su llegada en público.

Tenía la voz quebrada. Susurraba con acento ruso.

—Todo ha resultado ser providencial —dijo ella—. Aquel tiroteo espectacular, el caos que se formó y todo el mundo huyendo en estampida. Y ahora nos encontramos aquí solos, tras el revuelo, desaparecidos en un lugar desconocido. —Esbozó una sonrisa de agradecimiento, acurrucó la cabeza en el pecho de su amante, le pasó el brazo por la cintura. Él, la rodeó por la nuca y arrimó hacia sí el brazo para besar su frente.

—Me gustaría que escapásemos juntos, Sasha. Huyamos de aquí. Dejemos todo esto sin mirar atrás, solos tú y yo. —Dijo emocionada, sus ojos suplicantes buscaban su mirada, parecían intentar arrancarle de la boca las palabras que ansiaba escuchar.

—Apenas nos conocemos de unas horas. Es una locura, no sabes nada de mí. —Aunque breve y conciso, él intentó ser coherente.

—Te conozco lo suficiente, te he sentido tierno y cariñoso a mi lado. Hay complicidad entre los dos, somos almas gemelas. Tú eres todo lo que busco. —Dijo ella, convencida, mientras se sentaba frente a él con las piernas cruzadas.

—No sabes quién soy. No resultaría. Tú llevas una vida de lujo y comodidad, nunca podrías adaptarte a lo que yo te ofrezco. —Dijo él, elevando las cejas.

Permanecía tumbado boca arriba con un particular e imperturbable sosiego.

—Dime, ¿qué es lo que me ofreces tú? —indagó ella— yo estoy harta de tanto protocolo, de tanta falsedad a mi alrededor. No deseo esta vida, no lo aguanto más.

—¿Por qué te casaste con él? Ya sabías lo que te esperaba. Un famoso empresario, un magnate conocido por todo el país. —Dijo, extendiendo las manos hacia arriba como si pidiera limosna, le dirigió una mirada sesgada.

—Me casé muy joven, estaba ciegamente enamorada. No sabía lo que hacía. Ahora me siento como uno más de sus logros, exhibida como un trofeo —expresó decepcionada—. Lo detesto por ello.

—¿Qué es lo que sabes de él? ¿Te habla acerca de sus negocios? —Inquirió él.

—Nunca. Ni él me cuenta nada, ni yo le pregunto. Hace tiempo que dejé de interesarme por sus cosas. ¿Por qué lo preguntas? —Curioseó.

—Tu marido es un mafioso —le reveló—. Se ha convertido en el mayor traficante de armas del país. Es un hombre muy peligroso capaz de hacer cualquier cosa para lograr sus intereses. —Aseveró. En su voz podía advertirse cierto tono de reproche.

—Mayor motivo para alejarme de él —respondió sin mostrar sorpresa—. No quiero vivir con un asesino. Me resulta repugnante que se dedique a algo así. —parecía haber dudado siempre de la honradez de su marido.

—Definitivamente, tú y yo no tendríamos futuro juntos. —Resolvió él, cambió de postura llevando el dorso de una mano sobre su frente. Subió una rodilla al flexionar la pierna.

—¿Por qué dices eso? Yo te quiero. —Preguntó ella con preocupación.

—Sólo crees que me quieres. —Le aclaró él, convencido.

—Y tú… ¿me quieres? —Preguntó angustiada, deseando escuchar que efectivamente así era.

—Me reservo la respuesta. —Respondió Sasha, tajante sin levantar la vista de su propio cuerpo.

—¿Qué es lo que ocultas? ¿Cómo sabes tanto sobre los negocios de mi marido? —Le preguntó ella, mirándolo a los ojos intentando en vano cruzar con él una mirada.

—No quieras saber. Será mejor así. —Respondió impertérrito, con la cabeza sobre la almohada y la vista fijada en el techo.

—¡Quiero saberlo todo ahora mismo! —Exclamó ella.

—Mejor será que me vaya. —Se levantó con esfuerzo de la cama, se sentó y cogió sus pantalones de la silla. Una pistola cayó al suelo.

—¿Qué es eso, una pistola? —Preguntó ella sorprendida.

—En efecto Amanda, es una pistola. —Respondió con indolencia. Extendió el brazo, la cogió y la puso de nuevo sobre la silla.

—¿Para qué viniste a casa de mi marido? —exigía una explicación.

—Está bien —se decidió a hablar—. Trabajo para el gobierno en una organización que opera al margen de la ley. Confían en mí por mi incuestionable fidelidad.

—¿Vas a detener a mi marido?

—De nada valdría detenerle. No tenemos pruebas contra él. Es un hombre astuto. —Expuso con firmeza.

—Entonces, ¿para qué has venido, para martirizarme? —Preguntó desesperada.

—Lo nuestro ha sido inesperado. Alguna vez te he visto por la televisión y me gustaste. No esperaba verme correspondido. Desde luego, ha sido como un sueño para mí. Pero ése no era el trabajo que tenía que resolver. —Contestó meditabundo.

—Venir aquí y arrebatarle la mujer al señor Ferreira, no era tu cometido —dijo ella disgustada—. Seguramente si lo hicieras te buscaría por todo el mundo y en cuanto te encontrase te humillarías ante él suplicando clemencia. —Intentó irritarle con sus palabras.

—Demasiado tarde para eso.

—¿Qué quieres decir?

—Tu marido ya es historia. Está muerto —le informó sin miramientos—. Lo siento, era mi misión.

Ella permaneció conmocionada, de rodillas sobre la cama, con la mirada perdida hacia las sábanas blancas. Sin articular palabra, una lágrima brotó de sus ojos.

—Ya sabes quién soy —le dijo él—. Te he dicho lo que querías saber exponiéndome a las consecuencias y lo he hecho porque te quiero. No he tenido suerte con las mujeres, pero contigo es distinto. Sería capaz de cambiarlo todo por ti. Ahora la pelota está en tu tejado. Yo, ya no puedo hacer nada —sentenció, dándole la espalda mientras se acomodaba la chaqueta del esmoquin sobre sus hombros. Abrió la puerta y se marchó.

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La ciudad eterna

En tus calles empedradas
percibo el halo de tu historia
Guardia imperial, majestuosa cabalga
sus armaduras, vieron la gloria
Destellos dorados a la luz del alba
por la calzada surcan, la tierra labrada

Tres vías cruzan la fontana
donde una moneda brinda un deseo
Apelo a tu grandeza italiana
Una súplica por cuanto poseo

Que tu gracia divina me conceda
como a un emperador su mausoleo
honrarme con una preciada ofrenda
disfrutar de tu belleza en su apogeo

Toma mi alma junto a tu riqueza inmensa
Déjame respirar el aire olvidado, que se densa
en oscuros vanos y secretos museos
Déjame visitar los muertos del coliseo
los sagrados sepulcros, si no es ofensa
en un prohibido y sagrado paseo

Volar por tus cúpulas, tus catedrales
patinar sobre escaleras y balaustradas
y observarte desde alturas abismales
Atravesar tus muros de lugares sin entradas
penetrar al panteón por las vías celestiales
y conocer los misterios de tus ruinas enterradas

Responde Roma, escucha mis plegarias
Lidiaría por desaires a tu honor, con el más fuerte
Sería el guardián de tus artes suntuarias
Como gladiador te saludo, inminente es mi muerte
Haz eterno mi destino, mis memorias, legendarias
En aguas del Tíber acaba mi suerte, a merced de tu corriente

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“Ellos”

No necesitan invadirnos, nos gobiernan desde más allá de los confines de la Tierra. Cientos de grupos de personas, en representación de cada país, son abducidos de forma esporádica por “Ellos”. Les convierten en fieles defensores del proyecto alienígena. Su ambición: controlar el rumbo de nuestro planeta. Escrutan nuestro cerebro primitivo, nuestro comportamiento, como a ratas de laboratorio. Nos someten a pruebas que desentrañan los más íntimos secretos de nuestras mentes para ser manipuladas. Yo fui víctima de sus propósitos junto a otras noventa y nueve personas. Son infinitamente inteligentes, consiguen comunicarse sin emitir sonidos, conocen el misterioso mundo de las frecuencias sensoriales a través del cual, los pensamientos viajan a través del espacio para finalmente penetrar en otras mentes. Son capaces de replicar magistralmente la imagen y conducta de los abducidos para suplantarnos en la Tierra hasta que, terminadas sus investigaciones, nos devuelven a la rutina de nuestras vidas. A mí no pueden engañarme, sé que tras sus máscaras yace oculta la verdad, la abominable imagen de su ser.

“Ellos” nos confinaron de forma individual en habitaciones silenciosas de paredes acolchadas, distribuidas a lo largo de un infinito pasillo blanco en el interior de una nave espacial. Nos examinaban con paciencia a través de espejos que permitían la visión por el otro lado de cada habitáculo.

Pocos meses después, nos devolvieron escrupulosamente a nuestro emplazamiento original pero, previamente, borraron de nuestra memoria cualquier recuerdo existente desde el momento del secuestro hasta nuestro regreso a la Tierra e incorporaron en su lugar las experiencias terrestres no vividas durante nuestra ausencia.

Tal operación no funcionó en mí. Yo lo recordaba todo, no olvidé ni un solo segundo de mi experiencia extraterrestre. Nadie se dio cuenta, el sistema tuvo un fallo, lo vi con claridad en la pantalla. Regresé con la mente virgen y enriquecida por tan asombrosa vivencia. Durante el tiempo de cautiverio, comprendí cuán vacío está el cerebro humano. Logré asimilar aquel cúmulo de nuevas sensaciones que percibí, entre su presencia, como ondas atravesándome la cabeza. Tales ondas ocultaban mensajes que descodificaban instantáneamente. Durante el caos sensitivo de sus conversaciones, lograba traducir escasas palabras aparentemente inconexas. Con la práctica mejoré mi habilidad y en un corto plazo de tiempo, adquirí el privilegio del que gozaban aquellos seres. Comencé a ser consciente de mi poder.

Las ideas representan sensaciones que pueden lanzarse como una jabalina que penetra en la mente del ser que elijo. Capto señales sensoriales a cualquier distancia de la zona en la que me encuentro, de cada calle, de cada casa. Las más débiles son de lejana procedencia, las más fuertes proceden de los vecinos con quienes me cruzo en la escalera y cuyo pensamiento leo con la misma facilidad con la que se entiende el sonido de las palabras.

Pero a “Ellos” les intuyo. Sintonizo su frecuencia y los detecto a millones de kilómetros. Conozco el lugar exacto de sus visitas terrestres y entonces, camuflado entre la multitud, volverán a introducirme en una de sus naves.

Cuando allí encuentre a quien todo lo controla, lo sabré. No podrán identificarme pues en mi interior podrán leer el objetivo común que a todos ellos une, la contraseña que les distingue, y al tiempo enmascara mis verdaderas intenciones.

Me acercaré a él y libraré definitivamente a la humanidad de su poder. Introduciré la afilada llave, más arriba de donde se juntan las cejas, en el tercer ojo, el ojo que todo lo ve.

Así ha sido, lo he conseguido. Tirado en el suelo, aún mueve una pierna convulsivamente y agoniza sobre su sangre.

—No me mires así, tu final será el mismo que el de tu compañero, aunque intentes engañarme. Basta ya de lloros es inútil tanta súplica.  Me sorprende que continúes con esta farsa, cuando acabas de presenciar la muerte de uno de los tuyos. Os jactáis ante nosotros, vilmente, con una interpretación sublime de nuestra conducta aprendida. ¿Cómo dices? No, yo no estoy loco, ni me invento nada. Mi cordura e inteligencia os han superado. Esto es solo el principio de vuestro fin. Pronto habrá muchos como yo para salvar al mundo de vuestra lacra. Nuestra rebelión ha comenzado aquí y ahora. Prepárate… vas a morir.

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Jesús Fernando Garrido

Míralo, por ahí anda a la deriva, perdido
tras una pelea, herido, Jesús Fernando Garrido
Con la cabeza sangrando, dando tumbos va, aturdido
por una tontuna, en un jaleo de puños se ha metido
Pególe a uno sin fortuna ya que entre dos acabó agredido
en la plaza donde vive, jugando, todo ha sucedido

Corriendo despistado tropezó con un chico descarado
¡Idiota, tarado, al pasar me has empujado!

Jesús Fernando Garrido nunca fue un cobarde
Cada insulto había escuchado, volvióse disgustado
al chicuelo y sacudióle en la cara un golpe potente
Pero Jesús no fue consciente, ya era tarde
cuando alguien por detrás lo dejó desahuciado,
un botellazo tremendo impactó en su frente

Viéndolo sangrar decidieron huir raudo de aquel lugar
Los ojos guiñó tirado en el suelo, empeñóse en resistir
sin daño ni tormento, por venganza dispuesto a zurrar
levantóse ultrajado y hacia ellos corrió sin desistir

Miradlo, dirán, otra vez en líos, no aprenderá
Menudo futuro, con esa fama quién va a darle trabajo
Siempre indómito, su jefe, seguro, lo castigará
Cuando todos lo conozcan, van a mandarlo al carajo

Pero pocos sabemos que además de osado es honesto
con claros principios, con carácter, pero un chico modesto
Sé que él no consentiría jamás semejante tropelía
En plena lucha y por detrás, una victoria fácil resultaría

Un reguero de sangre ha dejado Jesús Fernando Garrido
a su paso, por asfalto y acera, la huella del más aguerrido
De buena tinta sé que por muchos es admirado
Siempre justo en sus hazañas y nada aprovechado

Ha defendido con coraje su nombre y su apellido
Ni tan siquiera de un mote lo han visto merecido
Quien ose y lo derrote, sin duda, bravo habrá sido
Así es por mí conocido, Jesús Fernando Garrido

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