La señora que se tragó un gazpacho con mucho ajo

imagesLa señora que se tragó un gazpacho con mucho ajo fue invitada al concurso de Jordi Hurtado. Los concursantes ocuparon sus lugares ante la cámara con gesto circunspecto a excepción de la señora que no estaba compungida, tampoco estreñida, simplemente el ajo se le repetía. Durante su participación acertó cada respuesta, la prueba de la calculadora humana, el reto, la edad de Jordi e incluso el número de zapato que calzaba el cámara. Con el plató oliendo a dicha planta gastronómica y los contrincantes aturdidos por ello, la señora que se tragó un gazpacho con mucho ajo asumió todo el protagonismo. Durante el transcurso del programa, Jordi Hurtado hizo gala de su mejor repertorio de “gracietas” en un intento por reclamar la atención de la que siempre ha gozado en su propio espacio televisivo. Pertinaz en el intento y tras algún exabrupto, terminó por agotar la paciencia de la señora que a todo respondía sin fallar.

Ante la pregunta: – a qué es igual el cuadrado de la hipotenusa, la señora se acercó a Jordi para explicárselo; de un guantazo le descolocó las gafas en la cara a modo de hipotenusa que con la línea de los ojos y la cara formaba un triángulo rectángulo. Acto seguido, dio su respuesta: – es igual a la suma del cuadrado de los catetos – mientras señalaba con el dedo sobre la cara cruzada del presentador. Jordi se la dio por buena.

Llegó el turno de respuesta para otro de los participantes. A pesar del olor denso y desagradable a ajo deglutido y regurgitado que reinaba en la sala, el siguiente oponente hizo alarde de su conocimiento en una actuación certera.

Jordi se extrañó al ver en el televisor del plató que los planos que tomaba el cámara eran inusuales, unos eran del suelo, otros del pie de un espectador. Al acto se percató de lo que sucedía, llamó la atención de la señora que se tragó un gazpacho con mucho ajo invitándole a que dejara de molestar al cámara.

Prosiguió el concurso con su ritmo habitual. Era el turno del minuto de oro. La voz en off, tan popular como la de Jordi, sonaba en el plató para formular las definiciones de las palabras de esta nueva prueba. En los últimos instantes del ejercicio con el minuto de oro casi consumido comenzó a oírse la voz en off con gran dificultad. El concursante escuchó la definición entrecortada de la última pregunta y perdió la prueba. Jordi, alarmado, se dio media vuelta y observó asombrado cómo la señora acosaba a la voz en off obligándole a besarla en una especie de forcejeo sexual. Rápidamente dos compañeros del equipo de seguridad del programa acudieron en su ayuda con la porra en la mano y redujeron a la señora.

Trataron de reanimar a la voz en off pero fue demasiado tarde. Falleció casi al acto intoxicado por tan fétida halitosis con sabor a ajo. El cuerpo de la señora que se tragó un gazpacho con mucho ajo quedó tendido en el suelo sin vida. La dificultad de separarla de su víctima durante el ataque fue extrema. Los dos empleados de seguridad tuvieron que emplearse a fondo para doblegarla.

La tragedia acabó con diecisiete años de emisión de programa y con Jordi Hurtado en la cola del paro.

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Telebasura

imagesActualmente existe un programa televisivo en el cual se compite mostrando el talento artístico en todas sus vertientes, entre las que destaca, la musical, acrobática, humorística, etc. En esta ocasión, un concursante había leído e interpretado, con una gran voz, un fragmento del popular libro: “El Cipote de Archidona,” la segunda actuación trataba del asombroso talento de una equilibrista que creaba figuras con los pies apoyados en la minúscula punta de una especie de largo manubrio. Este programa denominado, en su versión española, “tú sí que vales” recibió en tercer lugar la visita de un adolescente dispuesto a mostrar su habilidad con el piano. Antes de tocar, lo advierten de que el jurado no alberga dudas de la inexistencia de opciones para él de pasar a la ronda final del concurso. En programas anteriores disfrutaron ya de un verdadero maestro del piano. El chico hace caso omiso del comentario y comienza a tocar. No lo hace mal. De repente, cruza las manos sobre el teclado, sin alterar ni una sola nota de la melodía, comienza a hacer alarde de su curiosa habilidad. El componente más benévolo del jurado eleva una ceja.

Acto seguido, entra un segundo piano a escena empujado por dos hombres hasta situarlo a la espalda del chico. Éste se gira cara al público, colocando una mano en cada teclado, continua tocando la pieza, que a intervalos se va haciendo más intensa, sin fallar una sola nota. Los miembros del jurado cuchichean entre ellos. Con mucha destreza se quita un zapato y sube el pie al teclado que acompaña la melodía con sus notas. El público y los miembros del jurado muestran leves gestos de sorpresa ante sus facultades.

El pianista inclina la cabeza, hacia el teclado, da la impresión de que puede sentirse mareado, pero para asombro de los presentes, se encuentra interpretando un “solo” musical tecleando con la punta de la nariz. Picotea cada tecla a una velocidad vertiginosa como lo haría la más rápida de las gallinas comiendo pienso en el corral. La melodía evoluciona “in crescendo” hacia el momento álgido de la pieza. Uno de los miembros del jurado se levanta de su silla sin perder un solo detalle ya que el chico empieza a intercalar la nariz con una de las orejas al mismo tiempo que usa ambas manos. A riesgo de desnucarse, se inclina hacia detrás tocando el teclado del otro piano con la cabeza. Todo el público en pie asiste incrédulo a un espectáculo cada vez más insólito.

La música disminuye momentáneamente su intensidad entre los sonidos agudos y delicados que conforman el inicio del final del tema. Una de sus manos desaparece del teclado, se encuentra en su entrepierna. Se encuentra hurgando algo ahí debajo. Nadie puede creer que esté ocurriendo aquello. La gente con los ojos como platos observa anonadada cómo el adolescente saca el pene del interior de sus calzoncillos y se pone a taladrar simultáneamente y sin piedad el teclado de ambos pianos. En pleno paroxismo de su actuación, con las teclas del piano saltando por los aires como los restos óseos que vuelan, en aquella película de Kubrick, tras ser golpeados con un hueso por un mono.

Se hace el silencio, entre sollozos, todo el mundo observa. El jurado procede a valorar la actuación.

Visiblemente alterados intentan articular palabra, entre titubeos, sus voces patinan. No creen acertar la manera de valorar lo que han visto. Uno de los miembros saca fuerzas de flaqueza y se arranca a hablar con aparente entereza.

– Hola Jose Félix, voy a ser yo, la chica, quien se aventure a dar la primera valoración. Vamos a ver cómo se puede enfocar esto que hemos visto. Hemos asistido a un espectáculo sin precedentes. Has comenzado haciendo peripecias con las manos, después has procedido a picotear las teclas con la nariz, cosa que, si fueras chato, tu actuación habría perdido continuidad y lo mismo te digo de las orejas. A continuación, eso que has hecho con la cabeza hacia atrás – se queda pensativa – no sé cómo has logrado pulsar las teclas que querías pulsar. Me he quedado sorprendida. Pero con lo que más sorprendida me he quedado, como el resto de la gente que estamos aquí, es con el momento en que te has sacado el pito. ¿Qué digo, pito? El mandoble ese que te has sacado de repente, hijo. ¡Menudo pollón! – grita, desconcertada.

– Tengo que decir que a mí también me ha sorprendido – interrumpe otro de los componentes del jurado conocido por ser un gran showman – ese gran pito que portas. Sé que estamos fuera de horario infantil y que podría hacerlo pero no voy a competir contigo, la voy a dejar aquí guardada que es donde debe estar – dice dirigiendo la mirada hacia su entrepierna. – Hay que mencionar también el arte que tienes para descalzarte sin usar las manos. Para finalizar te digo que me ha encantado ver de lo que eres capaz, aunque es una lástima cómo han quedado los dos pianos que ha conseguido la producción del programa para tu actuación.

– Eso te iba a decir yo – espeta el más exigente y profesional de los componentes del jurado que trata siempre de emitir el juicio más acertado para cada concursante. – He de decir que me quito el sombrero ante tu actuación, sin duda, laboriosa, complicada y digna de un talento muy por encima de lo común. Te dijimos, antes de tu actuación, que por aquí pasó hace un par de días un personaje que es una eminencia del piano, un docto en la materia – expresa con seriedad y elocuencia – y que por ello lo tienes difícil pero ahora nos encontramos con que no sólo tocas muy bien sino que encima dejas a la altura del betún al pianista jocoso de los hermanos Marx. Por otro lado me ha parecido un espectáculo bastante grotesco que te sacaras la chorra y golpeases con ella los dos pianos hasta destrozarlos – dice enojado el tercer componente del jurado – ¿Sabes lo que cuestan? Los vas a pagar tú con el dinero que ganes aquí. Y de eso me voy a ocupar yo personalmente porque te voy a llevar a la final. Creo que es unánime nuestra decisión así que te digo que:

(gritan al unísono) ¡TÚ SI QUE VALES!

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La viejecita que cuando hace tope con la pared, hace el “moonwalker”

imagesHay una viejecita que vive en una casa sin amueblar. Se desplaza con pasos cortos con la espalda encorvada y la cabeza a medio girar. Tiene mala visión y en su salón quita los obstáculos para no tropezar. Cuando en una pared su cabeza hace tope se arranca a hacer el moonwalker y sale de su casa marcha atrás.

Sube a un autobús, ficha a una persona y le suelta paridas hasta que cambia de actitud. “La viejecita que cuando hace tope con la pared, hace el moonwalker”, se queda con la boca seca. Deja de decir paridas y se baja en el Retiro. Atraviesa, hacia delante, todo el paseo del estanque hasta que hace tope con un kiosco. Comienza su espectáculo. Marcha atrás, tiende una gorra en su mano. La gente se agolpa haciéndole un pasillo hasta la salida por la puerta de Alcalá. Con la gorra colmada de monedas y las suelas gastadas, se introduce, marcha atrás, en un taxi del cual está saliendo una persona.

– A la calle matadero, majadero, y dale cera que no llevo monedero y se me cae todo el dinero.

“La viejecita que cuando hace tope con la pared, hace el moonwalker” llega a casa, atraviesa el salón, hace tope con el televisor y se pone a hacer el moonwalker hasta el alféizar de la terraza contra el que se golpea con el culo, precipitándose hacia atrás. Como un tentetieso, permanece en el alféizar boca arriba balanceándose sobre su chepa. Sus pies siguen moviéndose como si estuvieran en contacto con el suelo. En uno de los balanceos se vence y cae al vacío.

La gente se agolpa alrededor del cadáver. – Qué buena señora era – comenta un vecino. – Estaba un poco chiflada – afirma una mujer. – Hacía muy bien el “”moonwalker” – añade un señor. – Qué es eso? – pregunta una anciana. – Pues aquel famoso paso de baile en el que te desplazas hacia atrás.

El señor, mientras da la explicación, le hace una demostración con mucho esmero, atraviesa la calzada y lo atropella un camión.

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Telecomunicaciones del futuro

TELEPATIA

Mami estás ahí? Oigo ruido en la cocina.

No hija, estoy en casa. Quieres que vaya?

No te preocupes, creo que estaba teniendo una pesadilla.

Ah!, estás durmiendo. Ven a dormir a casa, aunque aquí sigue reluciendo el sol está tranquila, ya se ha ido todo el mundo.

Perdona mami, no sé si escucho tu voz mezclada entre mis sueños. Me has invitado a ir a tu casa?

En efecto hija, tengo la cama lista para ti. La de tu antigua habitación. Ya puedes venir.

Gracias

TELETRANSPORTE

Tienes toda la cara de color violeta, qué te has echado?

Aquella máscara rejuvenecedora, ya sabes mami, no puedo ni abrir los ojos ni mover los labios durante ocho horas. Para cuando vuelva a abrirlos parecerá que no he estado hoy aquí contigo.

Y tú para mí habrás sido una simple imagen, una efímera ilusión tumbada sobre la cama. Ni tan siquiera te puedo dar un beso con esa extraña máscara que llevas en la cara.

Voy a tener toda esta semana muy ocupada, a ver si paso al menos una mañana a desayunar contigo. Por cierto, me he dejado en mi piso los sensores de alarma sin conectar te importa apretar el botón?

Para nada hija. Ya está.

Gracias. Hasta otro día mami, me despertaré en cinco horas.

Yo me acostaré en tres, hasta otro día hija.

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Pajas mentales

La última persona con la que me cruce corriendo me pegará sus cualidades físicas para siempre.

En cosas como ésta me dedico a pensar habitualmente. Lo sé, parece un ejercicio de inutilidad supina.

Voy corriendo por una pista en un parque. Los corredores la usamos en uno u otro sentido, es decir, puedo alcanzar a los que transitan en el mismo sentido que yo, o cruzarme con quien lo hace en sentido contrario. El asunto es que a menudo apuesto conmigo mismo que voy a ser capaz de sobrepasar al de delante en el momento en que ambos alcancemos, por ejemplo, la farola del final de la curva. Apuesto también que voy a cruzarme de nuevo con la persona que corre en el sentido contrario al mío mucho después del punto en que me crucé en la vuelta anterior. Esta diversión tan sui géneris me permite aguantar mejor el desgaste físico.

Como decía al comienzo, en esta ocasión me ha dado la ventolera de imaginar una idea fantástica que consiste en que la última persona que me cruce antes de parar la marcha me transmitirá, por arte de magia, sus cualidades físicas como corredor, para siempre.

Por ese motivo no pararé hasta reventar porque no hago más que adelantar a gente lenta, a puros principiantes. No es que yo sea un atleta profesional pero en este circuito pocos son más rápidos que yo. Sería terrible que se me pegara de por vida la resistencia de alguien que vaya pisando huevos. Me gustaría, por qué no, correr como el hombre más rápido de todos los tiempos. Usain Bolt.

Tendría que correr sin pausa hasta toparme con él en el país donde se encuentre. Atravesaría fronteras, autopistas, montañas, llanuras hasta llegar a la ciudad en cuestión. Al llegar exhausto a sus calles me vería rodeado de gente con cualidades físicas mediocres con lo que no podría flaquear, continuaría con más ahínco aún para no parar y convertir mi propósito en una debacle. Si lo viera, por ejemplo, en un restaurante, lo miraría y me sentaría a su lado. Parado y sin perderlo de vista tendría plenas garantías de haberme transmitido todas sus capacidades físicas. Por otro lado, si así ocurriera, los resultados de ambos en las carreras podrían ser idénticos, acabaríamos siempre empatados. Una posible solución a este problema podría consistir en coincidir con él durante uno de sus entrenamientos. En el transcurso de la prueba de los cien metros lisos, en el instante en que alcanzase su máxima velocidad, una persona tendría que hayarse allí, de pie, en la mitad de la pista de atletismo para propinarle un buen collejón que provocara un leve aumento de su velocidad. En dicho instante, tras observarlo, cerraría los ojos de inmediato parando mi marcha. Me habría transmitido su velocidad aumentada tras el golpe. Así batiría al mismísimo Usain Bolt. Sería yo quien poseyera el magnífico don de ser el hombre más rápido de la historia consiguiendo un nuevo y espectacular récord del mundo.

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Un final brillante

Me senté en el suelo al pie del estanque con las piernas cruzadas. Tendí la camiseta mojada sobre el escalón. Apoyé las manos por detrás de mi espalda introduciendo los dedos entre las tablas de madera que conformaban el falso suelo. Me encontraba inclinado frente al sofocante sol. El sudor corría por todo mi cuerpo, apenas las cejas impedían que las gotas superasen su dique. La música sonaba dentro de mis oídos. El cable pegado a mi pecho desaparecía en el interior del bolsillo. George Michael cantaba con su antigua banda, e intenta hacerle entender a su madre que es alto, guapo, fuerte y lo suficientemente mayor como para que confíe en él a cambio de no darle explicaciones acerca de sus fiestas y sus escarceos amorosos. En el siguiente tema cantaba sobre el Club Tropicana. Se encuentra en una fiesta, pide una copa y, apoyado en la barra, permanece espectante antes de decidir qué hacer.

Entreabrí los ojos como si elevase un toldo pesado y caliente. Mis piernas mojadas de sudor, estaban brillantes, tanto que parecían de plástico. Observé un trozo de madera astillada en el que podían apreciarse todas sus hebras en la misma dirección. Tocando el cordón de mi zapatilla había un clavo medio fuera, oxidado y en su cabeza se distinguía un relieve cuadriculado. La estampa que abarcaba mi vista parecía un fotograma, un cuadro, una ilusión inerte ante la quietud que me rodeaba. Me imaginé asomado al balcón de mis ojos analizando el brillo y la  luz increíble que desprenden los cuadros de un museo. Los más impactantes que recuerdo en cuanto a luminosidad son los de Vermeer. En efecto, él podría ser el creador de todos los cuadros de la sala. Una sala invadida por la luminosidad intensa de las pinturas como si fueran ventanas abiertas de par en par.

– Perdone, qué está haciendo? Escuché a mi espalda. – Estoy observando el cuadro. Respondí convencido. – Tenemos que limpiar el suelo. Espetó el jardinero.

Recogí mis cosas, me puse en pie y me fui con la música a otra parte. Y por supuesto, a ese museo no pienso volver.

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Pequeño bajón

Oye tú, si tú, que estás leyendo estas líneas. Tú, que reproduces en tu imaginación la cruda circunstancia de quienes protagonizamos tu lectura. Te crees con derecho a hacernos sufrir impunemente cuando se te antoje. Renuncia a recrear los momentos de crisis a los que aluden la mayoría de estos relatos. ¿Acaso te sientes mejor descubriendo las desgracias ajenas?

Si vuelve a llegar a tu correo electrónico un nuevo post procedente de este blog, no lo leas, lo único que haces es fomentar el afán por escribir del chiflado que te lo envía. No entiendo qué haces perdiendo el tiempo en leer tan absurdas historias.

El último relato que escribió el responsable de este blog se ha leído como poco unas treinta veces. Treinta veces pasando por la misma penuria, recibiendo un cacerolazo en la cabeza y siendo rechazado por la mujer que quiero.

Sí, en efecto, soy Mauro, el desconsolado protagonista del relato anterior que, nostálgico, llora. La culpa de todo la tiene mi perverso creador que en vez de regalarme la felicidad me ha castigado con un final despiadado. Tengo entendido que a menudo hace lo mismo. Podría ocuparse de su vida y olvidarse de la de los demás. Son ganas de arruinarle la existencia al prójimo. Debe de escribir movido por el despecho de una vida llena de sinsabores. Criticando y viendo la paja en el ojo ajeno. Paga sus frustraciones con los demás, creando historias tan despreciables como aquella que ha constatado mi abatimiento.

Yo, Mauro, siempre he tenido una visión positiva de la vida pero me he visto involucrado en una historia de infortunio que, de manera insólita, resuelvo con aspereza. Yo no soy así, tal comportamiento es responsabilidad única del mezquino ser que la escribió, y es que, cree el ladrón que todos son de su condición.

¿Qué puede haberlo animado a castigarme con tan burda infamia? Seguramente escribió acerca de sus propios sentimientos, pero ¿por qué no lo hizo en primera persona? ¿Acaso no se le ocurrió y el azar me ha seleccionado como víctima de una decisión indefectible? Si el susodicho individuo se siente apesadumbrado no es de mi incumbencia. Quizá el muy osado haya pretendido que él y yo seamos la misma persona.

Me niego en rotundo a aceptarlo, él solo debe asumir su propia desdicha. Aunque de sus miserias me ha hecho partícipe. El muy canalla se ha desahogado conmigo.

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